Panna a netvor: La bella y la bestia (1978), de Juraj Herz
―¿Acaso piensas?
―Me carcome el temor de que el amor, la transformación de la carne por el ojo ajeno, disminuya el salvajismo de mis nervios. ¡Antes yo volaba tan alto!
―Y ahora revoloteas en torno a una herida, como un neurótico.
―No puedo pensar, ¡no puedo pensar! ¿Desde cuándo preciso de agrios licores para dormir? Abominable debilidad. ¡Yo solía tener garras!
―Nunca te aceptarán.
―Lo sé. Pero un gusano, ah, un pequeño gusano ha bastado para roerme el pecho. Mi plumaje mengua sin rastros. ¡Qué horrible es el círculo de la conciencia! Un espejo que muestra, cada vez que me asomo, cuan repulsivo soy.
―Los animales no precisan máscaras.
―Soy incapaz de evitar el tedio, la parálisis de mis mejores nervios. Una bruma lejana, surgida del bosque, quiere llevarme consigo. Esa niebla ha bajado como una maldición. Está dispuesta a iluminar mi carne irracional, a tolerar la carroña de mi pensamiento.
―Es ilusión. Debes matarla.
―¿Es que la vida ha de ser un manto de espinas? Hace años, ni siquiera hubiera imaginado la posibilidad de pensar, con mi tosco vocabulario, en la palabra ‘suavidad’.
―Ese lenguaje ha cambiado tus garras por manos.
―Lo sé, lo sé. Pero con ellas aprendí a acariciar. Quizás mi futuro no sea del todo aciago.
―En el bosque, quien no mata es presa. Tu sentimentalismo es peligroso.
―He sentido en mis huesos el horror de perseguir a un ciervo. Mientras corría, mis ojos callaban remordimientos amargos; probé la tristeza de la locura sin verbo.
―Morirás de hambre.
―Tal vez este mundo no sea para mí.
―Eras respetado por bestias y hombres. Nadie osaba acercarse a tus aposentos.
―¿Cómo ahuyentar entonces su niebla? El verbo desciende al centro del nervio y tiñe el paisaje en lienzos decolorados.
―Debes matar esa debilidad en ti.
―No puedo. Estoy tan… cansado.
―Te asusta la soledad.
―La soledad es una cárcel hecha de espejos. Tal vez esa bruma ha venido para liberarme.
―Mátala.
―No.
―Entonces mátate.
―¿Cómo?
―Déjala ir.
La soledad es una cárcel hecha de espejos
Ya no oigo el pulso de mi voluntad. Nunca pensé que el reloj pudiera revertir sus huellas. Aunque quisiera, carezco del valor para reclamar el trono de mi castillo. No inspiro miedo. Debajo de mis plumas… estoy hecho de otros. Estoy hecho de niebla. Es hora de reconocer la verdad: “Un animal solitario se devora a sí mismo”. Lo mejor sería echar mi palacio al fuego, dar a mis nervios un funeral vikingo. Pero estas manos no tienen vigor para mover los muebles. Mis aposentos se niegan a obedecerme. Vivo fuera de mí. La bruma ha caído como un hechizo. Ha desterrado, con extrema delicadeza, las moscas que dormían en mis brazos. Mis alas se han vuelto mantas que me calientan por la noche. Mi piel, mi suave piel, blanca, del color de las perlas. Pensamientos de porcelana. Tintineos que suspenden la acción del tiempo. La bruma, la bruma como telón de fondo… Ella devora el oscuro presentimiento y devuelve, a mi odiada silueta, antiguo terror de los ciervos, un rostro amigable. Escucha, mi agonizante voluntad… solo la niebla tiene el poder de volver a un hombre hermoso.
Texto: Marcos Liguori (2026)
Película: Panna a netvor (1978), de Juraj Herz
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