Bugonia (2025), de Yorgos Lanthimos: la poética de la conspiración



Una sociedad exhausta

Byung-Chul Han, en La sociedad del cansancio (2010), realiza un diagnóstico de la parálisis contemporánea que nos consume. El agotamiento nervioso, esa muerte de la voluntad que define a esta época, no tiene tanto que ver con una explotación violenta que los poderosos ejercerían sobre nosotros, sino con la incorporación positiva de consignas de realización individual para las cuales no tenemos defensas. Así, mediante premisas motivadoras y optimistas, el látigo pasa del amo al esclavo, quien no deja de repetir, en su fuero interno, la fórmula del “tú puedes” (You can do it).

La base de esta nueva configuración social reside en la exclusión de la negatividad. Lo negativo, de acuerdo con Han, provoca una reacción defensiva en el cuerpo, en tanto el elemento extraño es percibido como una amenaza. Sin embargo, el lenguaje de la positividad tóxica prescinde de elementos extraños, por lo que circula indetectado por nuestro sistema inmunológico. Desde esta perspectiva, es aún más difícil oponer resistencia a un modelo de pensamiento que pretende sacar de nosotros una “mejor” versión.


 El planteo de Han no es del todo novedoso. Ya había sido abordado a finales del siglo XX en películas como Mátrix (1999) o They Live (1988), las cuales denunciaban una ingeniería social alienígena en el corazón de nuestras ciudades. Allí, la publicidad y la simulación informática eran los medios de fabricación y transmisión de deseos e imperativos sociales (trabajá, comprá, formá una familia) destinados a drenarnos la energía vital. Sin embargo, ambas películas hacen uso de un héroe modélico que, una vez libre del engaño, se enfrenta a la monstruosidad del sistema. En ambos casos, la distinción entre realidad y simulación es clara, los límites que separan la verdad de la (falsa) creencia están más que garantizados para un espectador que no tiene problemas en identificar al enemigo y, además, simpatizar con el bando emancipador.

                               Matrix (1999), de las hermanas Wachowski                         

                                                   They live (1988), de John Carpenter

En Bugonia (2025), las cosas son diferentes. Más parecida a nuestro 2025, en esta tierra no hay héroes ni resistencia. Cualquier comunidad organizada brilla por su ausencia. La narrativa épica cede su paso a una especie de sátira que, por su semejanza extrema con la realidad, deja de serlo.

Bugonia nos muestra cómo, en la sociedad contemporánea, la economía de libre mercado armoniza con las premisas del progresismo. Trabajar más o menos horas en una empresa, por ejemplo, es una decisión personal. El mundo capitalista garantiza a cada individuo la libertad de construir su proyecto de vida. Cada uno, es decir, nadie más que uno, es responsable de su propio éxito o fracaso, de la posición que ocupa en la escala social.

Ese olor nauseabundo a sumisión voluntaria es el que desprende el cadáver social en el que está situada Bugonia; una sociedad muerta de espíritu, de potencia vital, que no puede reconocer en su cuerpo hinchado las bacterias que lo enferman. En un mundo donde los magnates promueven una agenda de responsabilidad ecológica, la desaparición de las abejas es un fenómeno sin relevancia.



Los niños y los borrachos siempre dicen la verdad

En este mar de positividad tóxica, la verdad, si es que existe, parece estar inscripta en las moléculas del entramado corporativo. En consecuencia, no hay posibilidad para el nacimiento de un personaje heroico. Por las razones ya exploradas, es imposible que un ciudadano ejemplar, un elegido (NEO = (the) ONE), emprenda una épica de la resistencia. El margen de error, la verdadera respuesta contestataria, parece formarse en lugares más aberrantes, situados en los bordes de la racionalidad aceptable: nichos de ultraderecha y teorías conspirativas.

En efecto, aunque la mirada neurótica ha perdido la capacidad de neutralizar cualquier amenaza, la sospecha pervive en el sujeto paranoico. En la película, este papel lo interpreta Teddy, un apicultor marginal, cargado de resentimiento de clase, que podría ser tranquilamente calificado como “basura blanca”. Sin embargo, mediante un pensamiento negativo llevado al extremo, Teddy es capaz de trazar una línea de sentido que atraviesa y conecta campos sociales que, para nosotros, los seres correctamente socializados, formados crítica y profesionalmente, serían infranqueables. Mientras los neuróticos esperamos junto al primer guardián de la ley*, el paranoico se adentra con armas precarias en el laberinto.  


Considero que este es el planteo más provocador de Bugonia. A pesar de vivir en un contexto de hiperactividad que satura nuestra capacidad de atención con estímulos visuales e información de consumo efímero, el conspiranoico puede construir narrativa estable y, más importante aún, creer en ella. Esa fe poética que caracteriza a los lectores de teorías conspirativas, la creencia deliberada en la verdad de una historia, es lo que está ausente en nuestra relación con la ficción. Nuestra razón adolece, entre otras cosas, de un vano escepticismo.



La crítica como lugar seguro

He leído reseñas que hablan del carácter neutral de Yorgos Lanthimos, cuya cámara -nos dicen- registra el enfrentamiento de los personajes sin juzgar ni tomar partido. Pienso que es una lectura errónea. La sensación de neutralidad que produce el planteo del director se debe a la impronta realista del film, de un costumbrismo exacerbado que impide la épica. No debemos olvidar que, en el plano narrativo, el director sí toma partido. En vez de mantener la incertidumbre hasta el final y dejar la verdad a criterio del espectador, Lanthimos opta por la certeza de la narración omnisciente (tan común en el realismo) y (SPOILER) confirma la naturaleza alienígena de Michelle Fuller, el personaje interpretado por Emma Stone. Luego de esta revelación, lo único que podemos reprocharle a Teddy es no haber sido lo suficientemente cuidadoso – lo suficientemente paranoico – en su teoría conspirativa.

Más razonable son quienes interpretan la historia en clave de sátira, pero su mirada no deja de ser conservadora. Al poner en entredicho la realidad de los episodios por medio de la burla (¿es provocador burlarse de alguien que ya es considerado un idiota?), Bugonia no pasaría de ser un frívolo comentario sobre las contradicciones de nuestra época, tensionada entre la impostura de los discursos progresistas y la estupidez del extremismo de derecha. Aun así, por la posición que puede ocupar un CEO de una farmacéutica en el entramado social, la metáfora del alienígena es aplicable a su figura, por lo que el planteo de este texto sigue funcionando incluso en la sátira o en la alegoría. 

Por el contrario, si tomamos el recurso de ciencia ficción en serio, como lo haría un verdadero conspiranoico, Bugonia aparece como una radiografía hiperreal del cuerpo social en decadencia del siglo XXI.

Bugonia, por último, es también un concepto mitológico que versa sobre las posibilidades de vida espontánea a partir de la materia muerta: “Buey-Gonía”, o “buey-nacimiento”, o las abejas que salen por mandato divino del cadáver de un buey. Como pudimos reflexionar, si todavía queda en nuestra época un espacio para la generación espontánea de vida, un lugar donde se ejercite la potencia del pensamiento, lo más probable es que este se encuentre apartado de las grandes colmenas de sentido social. Para buscar vitalismo hay que acudir a elementos putrefactos. Porque no todos los cadáveres hieden, ni todas las muertes esconden vida en su interior.  

                                                                                




Texto: Marcos Liguori (2025)
Película: Bugonia (2025), de Yorgos Lanthimos
Referencias:
*"Ante la ley", de Franz Kafka (https://ciudadseva.com/texto/ante-la-ley/)



Comentarios

Entradas populares